servicios sexuales
Foto: Referencial

El teléfono de “Topacio” repica tres veces, a la cuarta contesta un hombre; habla acelerado y directo “Hoy hay una promoción.  La hora vale 35 mil bolívares  y dos por 60 mil.  Si quieres el servicio completo son 50 mil bolívares. Dime la hora que quieres para ver la agenda de  ella y te la cuadro”,   dice  la persona, que en ese mundo, se hace llamar “proxeneta”.

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En menos de un minuto de llamada, el hombre busca convencer al cliente, sin saber quién es él que está del otro lado de la bocina. Tiene un discurso preparado que se lo sabe de memoria, palabras asertivas para “vender” el servicio sexual: “Tiene bello rostro, buenas piernas, grandes senos y nalgas. Está dotadita y  explotada”,  añade el  ‘jefe’ de la muchacha, quien antes de colgar remata “Si quieres te paso una foto de ella por WhatsApp sin compromiso”.
Ante la solicitud de una conversación con Topacio, una morena de 21 años,  el hombre es claro “Ella no puede perder el tiempo hablando, debe trabajar o no gana plata”, exclama y de inmediato tranca el teléfono.
En cambio Escarlata, como se hace llamar por las noches, prefiere “patear la calle”,  le gusta más ser una “caminadora”, lo justifica alegando que tiene más clientes de esa forma. “Lo que no se muestra, no se vende. Yo exhibo mi mercancía y atrapo, en cambio por teléfono es más difícil porque el hombre siempre es desconfiado y no sabe si lo que le estás diciendo es verdad”.
Su  identidad la oculta debajo de la minifalda que apenas lograr cubrir su pelvis,  la escotada prenda junto a un ajustado corset de brillantes rojos es el uniforme diario de la mujer que casi alcanza los treinta años. No le gusta la “guachafita”,  ella está clara que no puede perder tiempo, tiene que hacer dinero para poner el pan en su mesa, por eso apenas llega a la avenida 5 de Julio se “activa” como ella misma dice.
Cada hora cuenta. En sesenta minutos puede embolsillarse hasta 100 mil bolívares. “Sí, acepto transferencias”, responde ante la pregunta sobre el poco efectivo que hay. “El que se quiere comer este melón (y se agarra la cadera mientras va bajando su mano) debe pagar lo que vale, sino que se coma un mango. A mi  cuerpo le he invertido bastante, la  frutica cuesta”, aclara.
No todas son reservadas. Por ejemplo, para  Wendy  no hay pudor y narra su historia con detalles. “Llevo mi vida normal como cualquier mujer. Estudio derecho en una universidad privada por las tardes, cuando tengo clases no agarro ningún cliente, así me pague triple, no es que vaya a dejar de prostituirme cuando me gradúe. Mi familia no sabe que soy una trabajadora sexual, creen que soy enfermera y esa es mi excusa para salir por las noches sin tanta explicación. Todos los días me ven salir con mi uniforme blanco, pero debajo no llevo pantaletas”.

En una noche “buena”, una prostituta puede ganar hasta medio millón de bolívares. “Esta vida es como la de los taxistas, a veces hay días que haces mucho dinero y otros que solo te alcanza para pagarle a los policías cuando te extorsionan.  Hay  fines de semana que no paro, trabajo literalmente, «hasta que el cuerpo aguante… y cómo aguanta». Me monto en un carro y mientras voy de vuelta, me arreglo rápido y apenas me bajo en mi esquina, me para otro auto y así  va cayendo la noche.  Después de las 3:00 de la madrugada es la hora más fuerte porque los hombres salen de las discotecas “hambrientos” y es cuando más buscan los servicios. Cuando sale el sol, me compro un par de pastelitos y me voy a la casa a dormir”,  cuenta Wendy.
Están conscientes del riesgo, pero enfrentan el peligro, todo sea por llevar más dinero a su casa.  “Siempre cargo capuchitas (condones) en mi cartera, las consigo gratis, de esas que dan en las jornadas de salud. Sin sombrerito no hay fiesta le advierto a mis clientes, tengo amigas que han sido contagiadas con herpes y hasta sida, pero yo no  quiero ser una de ellas, prefiero cobrar la tarifa normal y  estar segura”, manifiesta otra encantadora.
“No le hacemos daño a nadie. Somos amas y dueñas de nuestra vida. No cometemos un delito más allá de la moralidad de algunos que nos critican, pero tienen deseos de tenernos por unos minutos. Soy prosti… ¿y qué?”,   finaliza una de ellas.

Con información de Panorama