Científicos desesperados se inyectan sus propias vacunas caseras

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Los científicos se prueban en ellos y en sus familiares sus propias versiones de vacunas contra el COVD-19. Foto: The New York Times

Impacientes por conseguir una vacuna contra la COVID-19, decenas de científicos desesperados de todo el mundo se inyectan sus propias versiones  no probadas de vacunas contra el COVID-19.

A veces se las administran a sus amigos y familiares. En abril,  el alcalde de una ciudad ubicada en una isla del noroeste del Pacífico le pidió a un amigo microbiólogo que lo vacunara. La conversación ocurrió en la página de Facebook del alcalde, para horror de varios residentes de Friday Harbor (en el estado de Washington), que la seguían.

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El alcalde Farhad Ghatan rebatió a varios seguidores que mostraron su escepticismo. Aseguró que su amigo Johnny Stine, quien dirige North Coast Biologics, es un científico de primera línea. Después varios seguidores del alcalde reportaron el incidente a distintas agencias policiacas y de regulación.

En junio, el fiscal general de Washington promovió un juicio contra Stine por administrarles a alrededor de 30 personas su vacuna, que no ha sido probada. Además les cobró 400 dólares a cada una. En mayo, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos le envió una carta a Stine. En ella lo instaba a que dejara de hacer declaraciones “engañosas” sobre su producto.

Sin embargo, el caso Stine no es el único, señala The New York Times.  Existen numerosos científicos desesperados que se inyectan sus propias vacunas.

Científicos desesperados y osados

Cada uno de estos esfuerzos individuales está motivado, al menos en parte, por la misma idea: los tiempos excepcionales. Si los científicos tienen las habilidades y el coraje para desarrollar una vacuna, la lógica dice que deberían hacerlo. Los defensores dicen que mientras sean comedidos y transparentes sobre sus procesos, todos podríamos beneficiarnos de lo que aprendan.

Pero los críticos afirman que no es probable que estos científicos desesperados hagan un descubrimiento útil. Porque sus vacunas no se someten a la verdadera prueba de los estudios aleatorios ni tienen controles con placebos. Peor aún, estas vacunas podrían causarles distintos tipos de daños a las personas. Pueden generarles acciones inmunitarias severas y otros efectos secundarios. Puede incluso hacer que se sientan protegidas, sin que eso sea así.

“Póntela. Y nadie va a poder hacer mucho al respecto”, opinó Jeffrey Kahn, director del Instituto de Bioética Johns Hopkins Berman. “volvemos a la época de las medicinas de patente y el curanderismo”, comentó.

El grupo RaDVac trabaja en una vacuna y cuya existencia se dio a conocer en la revista MIT Technology Review. Pero se diferencia del proyecto de Stine en dos aspectos muy importantes. Ninguno de los científicos desesperados se planea cobrar por la vacuna. Además preparó un documento científico de 59 páginas en el que explica cómo funciona la vacuna. También  orienta a otros investigadores que quieran trabajar con su fórmula.

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En marzo, Preston Estep, científico investigador del genoma humano y residente del área de Boston, prometió no quedarse al margen. Escribió un correo electrónico a algunos químicos, biólogos, profesores y doctores que conocía para averiguar si alguno estaba interesado en crear su propia vacuna. Pronto habían diseñado una fórmula para elaborar una vacuna de péptido que podía administrarse con un atomizador en la nariz.

“Es muy sencilla”, explicó Estep. “Consta de cinco ingredientes que podrías mezclar en un consultorio médico”. El ingrediente principal son pequeños trozos de proteínas virales, o péptidos, que los científicos ordenaron en línea. Si todo funciona bien, los péptidos entrenan al sistema inmunitario para que se defienda del coronavirus, aunque no esté presente ningún virus real.

Salida a la pandemia

A finales de abril, Estep se reunió con varios colaboradores en un laboratorio, donde mezclaron la poción y la atomizaron en sus fosas nasales. Church, un viejo mentor de Estep, dijo que se la aplicó a solas en su baño para respetar las precauciones de distanciamiento social.

Poco después, Estep le aplicó la vacuna contra el coronavirus a su hijo de 23 años y otros colaboradores también la compartieron con sus familiares. Hasta ahora, el peor síntoma que alguien ha reportado ha sido nariz congestionada y un ligero dolor de cabeza, dijo Estep.

Por lo regular, el desarrollo de un fármaco comienza con estudios en roedores u otros animales. Para RaDVaC, señaló Estep, “nosotros somos los animales”.

Pero sin estudios clínicos rigurosos, indicó August, no se puede saber con certeza si la vacuna es segura o efectiva. Comentó que teme que, debido al prestigio de los científicos, algunos crean lo contrario.