El amor no tiene edad, la aventura del ferretero

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El amor no tiene edad - El amor no tiene edad

Adelso cumplía 54 años vivía en el gimnasio y tenía esperanzas de conseguir una ilusión; pensaba que el amor no tiene edad. Era un hombre activo pero consideraba ya separarse de Marisela luego de casi 27 años de matrimonio. “Me estoy muriendo y necesito estar activo, yo estoy joven y no voy a perder mi tiempo”.

Su compadre Humberto le formó un lío por separarse así de Marisela, “seguro usted anda en un bochinche». Pero le dijo que no, que quería respirar y ver y no seguir atado a la esposa. Eran tiempos de lluvia en Valencia y donde quería conocer a alguien. “Que se quede con el Optra que le regalé con la casita de la playa; yo quiero vivir mi vida”.

Unas horas después por la avenida Bolívar en medio de un aguacero vio un rostro blanco, unos ojos hermosos y una figura escultural; parecía la ilusión que había soñado, aparte de eso unos jeans y una blusa escotada que le invitaba a soñar. No dudó en ofrecerle la cola a la joven que se veía que la lluvia le había dañado su cabellera negra como la noche.

La joven con cara de pena se subió al Toyota Corolla pensando que se trataba de una persona más. “La lluvia te arruinó el cabello”, le dijo en tono de caballerosidad; la muchacha le respondió que sí. No sabía dónde iba y se sintió con ganas de llevarla al fin del mundo.

“Yo voy hacia Naguanagua”, le dijo de forma tímida la muchacha, viendo aquel hombre que bien podía ser su papá. La joven enseguida comenzó a hablarle de la ciudad con mucha confianza; y el pensó que aquello era un instante de oxigeno sentimental. La veía como un ángel, con aquellos dientes perlados y algunas pecas en los hombros.

No importó gasolina, menos sacrificio ni nada que no frenara aquel rostro joven y de 20 años; unos ojos claros una figura de muñeca y que llevaba por nombre Alejandra. Cuando la dejó luego de intercambiar teléfonos; él pensó que tenía 30 años menos.

El amor no tiene edad

La muchacha lo llamó dos días después para agradecerle por haberla llevado; el no quiso apurar las cosas. “Me siento joven, estoy bueno pa’ la foto y esa nena la voy a conquistar”. De hecho se sentía con ganas de todo, en su negocio cantaba y le decía a sus empleados que la vida es bella.

“No sé que tiene el jefe, será que se enamoró”, decía Luz una de sus empleadas. “Si anda así como un viejo verde, es la edad, la crisis de los 50 le pegó”. Alejandra lo llamaba y cada vez se iba ilusionando más y quería verla. Pero no se atrevía a decirle nada.

Marisela le llamaba y le reclamaba por aquella ilusión con una joven. “Bello que te queda una niña que bien puede ser tu hija, eso es lo que quieres no te quiero ver más”. Su esposa caía en medio de la rabia y la depresión.

La joven solo cruzaba palabras con el pero no había ninguna luz de amor. Una noche lo llamó para verse, no le importaba si la semana era radical; importaba salir y verla, dar vueltas por la ciudad aunque sea y hablar.

“Esa muchacha tiene la misma edad de mi hija y siento por ella de todo”; los instantes que veía a su hija Carolina le daba celos que alguien pudiera enamorarse de ella. «Con mi hija no, mi bella joven no… ella es mi todo”. Se había mudado solo otra vez para alejarse de su esposa; aun estaba en ese proceso de divorcio.

El tiempo

Alejandra lo llamaba para pedir consejos, y él se molestaba ya que no le aceptaba regalos. “Como quisiera que esa joven se casara conmigo”; pero todo aquello parecía agotarle el tiempo; tenía esa mezcla de madurar y se negaba a envejecer. Quería que la muchacha estuviera con el todo el tiempo, así sea para salir por la ciudad.

Llegó el primer beso y sintió como si en su corazón tenía esa ansiada segunda oportunidad. Con la misma joven que había conocido cuando caía aquel aguacero. Lo mejor era que Alejandra no tenía novio; ni a nadie de hecho era uno de los primeros romances que tenía.

Sentía de todo en el pecho cada vez que la veía, no se ponía celoso ni nada, de hecho el amor había nacido. El sentimiento afloraba en aquel corazón hermoso de esa joven de ojos claros; una muchacha sencilla y pura.

Adelso la veía como un tesoro, como alguien a la cual debía guiar y a la vez amar; sentía como si estuviese joven otra vez. “Lo mejor era que ya conocía a sus padres y la joven había accedido al romance formal”; a la familia no le importó la edad. “Para que se case con un loco de los de ahora prefiero a ese señor”, decía la mamá de Alejandra.

Sentía la vida, no sentía los dolores en las rodillas, sentía que su negocio estaba en la cúspide. Le decía a todo el mundo que en meses había vivido más que en sus cinco décadas de vida. “Y lo mejor me siento joven, sin ser un viejo verde; y no me molesta que la gente hable; el amor no tiene edad”. De hecho sus empleados se sorprendían.

Las vueltas que da la vida

Pero cuando todo aquel amor parecía una historia de novela y de vida, y se sentía joven y feliz; al lado de una muchacha la cual le parecía perfecta decidieron vivir aquel amor de locos. “Nos vamos para el Puerto”… le dijo el…. “A esta hora son casi las seis”… vamos…

Ya llevaba el anillo, en la guantera del carro y listo para irse y casarse si era preciso la semana que viene; pensaba que el amor no tiene edad. La joven y bella Alejandra se veía ilusionada y partieron al Puerto; cuando iban tomados de la mano y felices… un Optra azul salta la isla para dejarlos sin vida.

En el levantamiento del choque la joven y Adelso murieron en el acto; sin percatarse que su esposa Marisela venía en su carro luego de venir de la playa luego de una severa crisis depresiva. “Por lo que veo esta era la esposa del ferretero”; dijo Guillermo uno de los policías que estaba en el levantamiento del choque.

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