La mujer habla en voz baja, en la puerta de su casa en un barrio popular.
“Mi hijo no duerme desde hace semanas. A veces bebe, a veces fuma… y yo me pregunto: ¿dónde lo llevo? No hay medicinas, no hay psicólogos, y en el barrio todos callan”. Sus ojos se mueven rápido, como si temiera que alguien escuchara demasiado.
En la pared de enfrente, un grafiti advierte: “La droga destruye tu familia”. La pintura ya está desteñida, pero el mensaje resiste como eco de una herida abierta.
Calles con señales
En muchos países, la crisis golpea la mente y el ánimo. Ansiedad, depresión, insomnio: males que se mezclan con el consumo de alcohol y drogas baratas. El doble golpe. Salud mental quebrada y drogodependencia en aumento.
En la cola de una farmacia, un joven se rasca los brazos con nerviosismo. Pregunta por ansiolíticos. La respuesta es la misma de siempre: “no llegaron”. Él se gira y murmura: “Aquí lo barato es el ron y las pastillas de la calle. Trabajo no hay, y uno se pone nervioso. Nadie habla de salud mental, solo dicen que uno es vago o delincuente”.
La gente detrás hace como si no oyera. Todos esperan, con la misma resignación, en una fila que nunca garantiza medicina.
Centros sin recursos
Los llamados centros de rehabilitación se multiplican. Algunos funcionan en casas improvisadas, con paredes húmedas y colchones viejos. La promesa es ofrecer tratamiento de adicciones, pero en la práctica el panorama es distinto.
Un trabajador social lo explica sin rodeos: “Nosotros hablamos de tratamiento, pero la verdad es que la mayoría de los centros funcionan sin recursos. Algunos hasta maltratan a la gente”.
La familia que entrega a un hijo en esos lugares suele quedar atrapada entre la desesperación y el miedo.
Escenas de barrio
Al final de una calle polvorienta, cuatro muchachos juegan dominó. A su lado, varias botellas vacías de ron barato forman un círculo. “Es lo que hay para matar el aburrimiento”, dice uno, riendo sin entusiasmo. La partida avanza lenta, bajo un sol que quema.
En una pared cercana, un mural pintado por estudiantes muestra un mensaje contra la droga. La lluvia lo ha borrado casi por completo. Solo se distinguen algunas letras, apenas un recuerdo de un esfuerzo juvenil por advertir.
En los pasillos de cualquier hospital psiquiátrico, se muestra otra cara del mismo problema. “Nos llegan pacientes con crisis nerviosas, mezcladas con alcohol o drogas. No hay camas suficientes, no hay medicamentos. Es un círculo vicioso”, confiesa un médico.
El peso de la crisis
El doble golpe se siente en cada esquina: crisis y salud mental derrumbada, con la droga como escape fácil.
Un joven en un barrio popular lo resume con franqueza: “Uno se mete lo que consigue. Si hay ron, ron. Si hay pastillas, pastillas. Al final es lo mismo: olvidarse por un rato que todo está caro, que no hay futuro”.
Comparación lejana
En otras partes del mundo, la atención luce distinta. En Tailandia, por ejemplo, existe Siam Rehab, un centro privado con más de una década de experiencia y sin listas de espera. Allí, recibir ayuda inmediata es posible.
Voces que resisten
Pese al panorama, hay quienes intentan resistir. Organizaciones comunitarias organizan charlas en escuelas. Iglesias montan grupos de apoyo. Profesionales de la salud siguen atendiendo por vocación.
Una psicóloga voluntaria lo dice con claridad: “No podemos rendirnos. La drogodependencia no es pecado ni delito. Es un problema de salud mental agravado por la crisis. Si dejamos de nombrarlo, será peor”.
La herida abierta
Las familias callan por vergüenza, los vecinos por miedo, las autoridades por falta de recursos. Pero el doble golpe no se esconde: se ve en los pasillos de los hospitales, en las colas de las farmacias, en las botellas vacías que ruedan por las aceras.
Al final del día, la madre que habla en voz baja en la puerta de su casa repite la pregunta que atraviesa toda la crónica:
“¿Dónde lo llevo?”
Una pregunta que, de momento, sigue sin respuesta.






