Trata de mujeres venezolanas en Trinidad y Tobago, un «negocio» que sigue en auge

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Trata de mujeres venezolanas en Trinidad y Tobago

De acuerdo a la Comunidad del Caribe (Caricom), más de 21 mil mujeres venezolanas, adultas y menores de edad, terminaron víctimas de trata de personas en los últimos seis años en Trinidad y Tobago.

Las víctimas, indica un informe de ese organismo, suelen tener entre 18 y 25 años; aunque un número significativo tiene entre 16 y 17 y algunas resultan aún más jóvenes.

Una vez captadas por las bandas criminales, muchas veces mediante engaño para que acepten su traslado a la isla, terminan sometidas luego a condiciones de esclavitud mediante la violencia física y psicológica, en una prolongada explotación sexual, cuyo desenlace puede ser la detención, un peligroso escape o la muerte.

Mientras tanto, el negocio de la trata entre los dos países se mantiene rentable y los criminales permanecen impunes.

Trata de mujeres venezolanas en Trinidad y Tobago

Las ofertas de trabajo engañosas suelen constituir una de las estrategias de captación que utilizan con más frecuencia estas bandas criminales; una carnada infalible en un país que registra una pobreza de 94%, según una encuesta de 2020 realizada por la Universidad Católica Andrés Bello.

La situación económica motivó una migración sin precedente de 18% de la población, un total de 5,5 millones de venezolanos en los últimos seis años; según datos de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados.

La web especializada en periodismo investigativo Armando.Info resalta el caso de Lilia, quien nunca imaginó que una simple solicitud de amistad en Facebook podía dar inicio a su pesadilla.

La adolescente residía en Maturín cuando una chica de su edad le ofreció amistad por Facebook; luego comenzaron a verse en el liceo donde estudiaba, la invitaba a fiestas y a otros espacios sociales junto a sus amigas.

Cuatro meses después le ofreció empleo «recogiendo botellas en un restaurante» para ganar «un buen dinero», un anzuelo irresistible en medio de la crisis venezolana. Sin saber cómo, Lilia terminó engañada, como rehén de una red de explotación sexual en Trinidad y Tobago.

Explotación sexual

Lilia les dijo a sus padres que iba a casa de una amiga, a una fiesta. Aquella noche de principios de noviembre de 2019, la adolescente salió solo con una pequeña cartera. Su salida no despertó en Jorge, su padre, ninguna sospecha, pero las dudas aparecieron cuando después de algunas horas no regresó a casa.

Los días siguientes, enviaba a sus allegados por Facebook mensajes que intentaban tranquilizar, «con una información muy vaga, no decía ni dónde ni con quién estaba», según cuenta Jorge. Todo indicaba que estaba en Colombia o que iba rumbo hacia allá, pero no daba ningún dato que permitiera ubicarla.

Solo después de tres semanas su padre recibió una llamada telefónica que confirmó sus peores miedos: su hija quedó detenida en una redada policial en Cunupia, en Trinidad y Tobago, junto a decenas de adolescentes explotadas sexualmente.

Cerca de 50 mujeres venezolanas víctimas de trata estaban encerradas en distintas habitaciones en un bar en la región de Chaguanas. A las víctimas las mantenían en una casa ubicada en el sector Diego Martin, al noreste de la isla, según publicaron medios de comunicación.

Consistían en especies de “centros de acopio”, desde donde las mujeres terminarían distribuidas en varios locales nocturnos en la isla, según los reportes. Como Lilia, estaban otras adolescentes venezolanas de El Furrial, otra población del estado Monagas, y de Maracay, estado Aragua.

Convencida para viajar a Trinidad

Los chats de Facebook, que su padre pudo revisar tiempo después, dan cuenta de que su captadora convenció durante meses a Lilia de emprender ese viaje. El perfil en Facebook de esta reclutadora de las redes de trata muestra a una chica muy joven con una red de amigos de más de 2 mil 600 personas.

En esa lista figuran cientos de nombres de adolescentes, principalmente estudiantes de distintos liceos y centros universitarios localizados en Maturín; aunque también de diferentes ciudades del oriente del país.

“Quizá nosotros como padres debemos tomar un poco más de precaución. Tanto miedo que yo siempre tenía y todo lo que le decía para protegerla, mi hija tuvo que aprenderlo de la peor manera. Las condiciones económicas llevan a que la gente se desespere y vienen este tipo de personas a ofrecer soluciones rápidas”, se lamenta.

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