La muchacha que no murió en Caracas

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Yajaira era la muchacha más buscada de La Candelaria, sus extraordinarios ojos verdes y su figura de ensueño; la hacían llamar la novia de esa parroquia. Era 1953 en plena época del “General” Pérez Jiménez y de la Seguridad Nacional.

“Santos, haga el favor y a mi hija no la busque más. Ella es mucho para usted”; decía Amaranta la mamá de Yajaira. Santos estaba enamorado de la joven y esta le correspondía. El taxista estaba ilusionado con ella, la cual era pretendida por varios hombres.

“En vez de ver tantos hombres de renombre, te enamoras es del taxista. Deja quieto que voy a hablar con los de la Seguridad Nacional para que le den un sustico”; decía Amaranta. Pero, Santos no le importaba lo que pudiera hacer la señora.

Aquel amor de ambos era bonito, de caminar por Caracas y hasta de robarse un beso si la gente no los miraba. “Me entero que estás besándote con Santos y vas a ver lo que te va a pasar”; comentaba Amaranta.

El amor de los dos estaba siendo comentado por la gente, por esa división de clases sociales. “Yo no creo en eso, esa señora no me quiere para Yajaira, pero igual será mi novia”, decía Santos. Mientras Amaranta prometía a si misma que eso no iba a pasar.

La muchacha que no murió

Yajaira salía de la casa en aquellos tiempos y se iba a ver con Santos, a dar vueltas en el taxi del muchacho. “Yo quiero lo mejor para los dos y estoy dispuesto a luchar por ti”, decía Santos. Mientras la mirada esmeralda de la joven se perdía en el amor por él. Un abrigo de la joven ese día… quedaba en el taxi.

Varios tíos de Yajaira estaban en España y le decían a Amaranta que lo mejor era sacarla del país. Le armaron un plan para separarlos, plan que terminó con aquella leyenda de amor. “La mandas para acá en un barco, la obligas a montarse en él”.

Santos tenía que irse por una semana a Oriente a buscar a parte de su familia para traerla a Caracas. No ver a Yajaira una semana era prácticamente estar sufriendo, ya que la joven era su vida.

Una madrugada de agosto, Amaranta en compañía de su hermano Gerardo despertaron a Yajaira. “Te vas con tu tío a España”, la mirada de la joven se llenaba de lágrimas… “No me puedes hacer eso mamá, yo tengo mi vida aquí”.

“Amaranta ya sabes todo lo que tienes que hacer, esta jovencita se viene a España. Así le sacamos ese amor de la cabeza”; decía Gerardo. “Ya todo está preparado”… decía Amaranta…

Aquella triste mañana

Santos se llenó de fe y tocó la puerta de la casa, una semana después, viendo el gran retrato que había de Yajaira en la sala. Con el abrigo en la mano, dice… “Señora Amaranta le puede decir a Yajaira que le traigo su abrigo”.

Amaranta vestida de negro le dice… “usted es el culpable de que mi hija muriera, no venga más por aquí”. Aquellas palabras confundieron a Santos que salió y se montó en el taxi saliendo a veloz carrera de La Candelaria.

El joven perdía la vida en un instante en una de las vías de la capital, tras creer que su amada Yajaira había muerto…

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