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El Metro de Caracas marcó aquella época de una capital contemporánea moderna, hermosa y educada. Una urbe que estaba entre las primeras de mundo, la obra catalogaba a la capital venezolana como una de las mejores.

No se veían heridas en aquellas Caracas educada, sublime, iluminada y más teniendo aquella obra tan moderna. La moda era ir a la capital y abordar el Metro de Caracas; era lo mejor de hecho era el turismo urbano.

En 1983 el presidente de la República, Luis Herrera Campins dio por terminada la Linea Uno. Los vagones grises con degradaciones del arcoíris representaba a la ciudad. Era aquel tiempo donde los arquitectos buscaban que las obras no impactaran.

Un Metro en la “Sucursal del Cielo”

La tranquilidad y el modernismo le daba aquel renombre de “Sucursal del Cielo”, a aquella Caracas ochentera. Aquel día el telón subió y el gobierno mostró en cadena nacional la gran obra que parecía tan pequeña.

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Era la moda aquella de los tickets amarillos que te daban el paseo por las entrañas de Caracas. El Metro de Caracas era todo para sus habitantes. Que incluso dejaban el carro en casa parar abordar el subterráneo.

Respeto, orden y civismo

No veías a nadie gritando, menos vendiendo, cantando o pidiendo, de hecho Caracas era otra escaleras abajo. Era una ciudad vivible, apacible y tranquila, que era de verdad una Sucursal del Cielo.

El respeto reinaba y mandaba, la gente estaba centrada en sus metas, se veían estudiantes con sus sillas de descanso. Esas mismas eran para estudiar, veías profesionales entregados, un civismo con olor a grandeza.

Caracas parecía sonreír y vivir, parecía la envidia de América Latina; mientras se observaba a un cerro “Ávila” verdoso y feliz. Las estaciones limpias, pulcras y sin un papel, las personas andaban sin apuros.

Todos parecían en un ir y venir propio de una urbe de un país en vías de desarrollo y en vías de prosperidad.