¿Por qué para algunos es difícil cumplir las normas COVID-19?

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Puesto de la manera más sencilla, la convicción “a mí no me va a pasar” es el argumento de quien no sigue las normas COVID-19. En algunos países, Estados Unidos resalta en este ejemplo, seguir o no estas normas es una postura político-partidista. Pero no es el caso del resto de los mortales que frente a una temible pandemia, optan por rebelarse contra las protecciones sanitarias.

Rebeca Bautista Ortuño y Carlos Enrique Falces Delgado, ambos profesores del Departamento de Psicología de la Salud de la Universidad Miguel Hernández analizaron este comportamiento para muchos irracional. The Conversation se encargó de la publicación.

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Desde el inicio de la pandemia por COVID-19, son muchas las recomendaciones que se han establecido para dificultar los contagios. Algunas de ellas son el lavado frecuente de manos, el uso de mascarillas, la distancia interpersonal distanciada, la limitación de reuniones sociales o la imposición del confinamiento.

Normas COVID-19 cuesta arriba

Las normas COVID-19 son simples y fáciles de entender, sin embargo su cumplimiento ha resultado un esfuerzo psicológico mayor de lo que podríamos esperar. Existen sutilezas del comportamiento que entran en juego y complican su cumplimiento.

Podemos comprender que mantenerse en cuarentena sin salir de casa durante un periodo indeterminado puede resultar un reto costoso. Otros, como no tocarse la cara o mantener un protocolo de higiene de manos, no deberían suponer mayor problema, salvo la voluntad de hacerlo.

Sin embargo, ambos ejemplos implican inhibir o controlar acciones que tenemos altamente automatizadas. Dejar de hacer algo que surge de manera automática es especialmente difícil en ciertas situaciones. Por ejemplo, cuando nos encontramos cansados, con altos niveles de estrés, o bien desinhibidos debido a los efectos del alcohol u otros factores.

Incluso el personal sanitario, que entiende y está altamente motivado para seguir el protocolo de higiene de manos, tiene serios problemas para cumplirlo. Con frecuencia, los estudios realizados en hospitales de todo el mundo señalan un cumplimiento de alrededor del 30 %.

Los sesgos del pensamiento también pueden dificultar la adopción de las normas COVID-19. Un ejemplo es el llamado «sesgo optimista», la creencia de que lo malo es más probable que les pase a los demás que a uno mismo.

Los demás no cumplen

En multitud de encuestas y estudios realizados durante los últimos meses, las personas muestran un menor temor y riesgo percibido de que la enfermedad afecte a su salud o situación económica que a la de los demás. Este factor puede contribuir a mantener la falsa percepción de que, en general, cumplimos más que el resto de la población, y que si no se mejora es debido al incumplimiento de los demás.

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Por otra parte, la percepción de que los demás no cumplen con las recomendaciones o que no existe acuerdo respecto permite el relajamiento de las normas. De esta manera se justifican las propias transgresiones.

Existen multitud de factores que pueden incidir en la eficacia con la que se implementan las normas COVID-19. Es necesarios considerar tipo de conducta, la forma en pensamos sobre ella y el contexto social en el que ocurre. De esa forma se pueden diseñar intervenciones que mejoren el cumplimiento, más allá de las sanciones coercitivas.