¡Escalofriante! El encuentro con las rezanderas de Casanay

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Las rezanderas en Casanay - Las rezanderas en Casanay
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A Alberto le gustaba quedarse hasta tarde los días lunes en la madrugada, no creía en las rezanderas de Casanay. Decía que nadie sale a rezar a esa hora, y que él no le temía a nada, por el contrario iba contra el que fuera.

El carpintero desafiaba los días lunes, el silencio en horas de la madrugada y para ese tiempo 1973 el pueblo dormía temprano. “Yo no le temo a nada, dicen que salen unas señoras vestidas de negro rezando; ojalá se me aparezcan”; decía. La gente se asombraba de su valentía.

Todos los lunes se quedaba hasta tarde en casa de otros trabajadores de la madera. “Compa no se vaya tan tarde, mire que las señoras que rezan salen por allí”; le decía Carlos. “Compadre no crea en eso, esas señoras no salen”.

Los demás partían temprano el domingo en la noche, pero él se quedaba hasta tarde. “Que salen unas señoras rezando, yo las estoy esperando”; era uno de los mejores en el dominó y en el truco; sabía preparar bebidas espirituosas y uno de los hombres más populares de Casanay en el estado Sucre.

Las personas del pueblo decían… “esas son unos espantos, visten de negro y andan a esa hora”. Era una leyenda en la zona y la gente afirmaba… “esas mujeres caminan en el aire, van de negro y con velas; aquí en este pueblo hay mucha gente mala”.

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Las rezanderas en Casanay

Las personas cada vez alimentaban el mito, diciendo que los caballos se asustaban; que a las mismas no se les veía el rostro, y que vestían de negro. «Esas son unas brujas… sabrá Papá Dios de donde vienen»…

“Yo no sé si son verdad o mentira, o espantos o de carne y hueso, yo no le tengo miedo”, decía Alberto. Un lunes después de Semana Santa cuando era la una de la madrugada, Alberto regresaba de donde su compadre. Y se le heló la sangre al escuchar los rezos…

Estaba solo y escuchaba a las mujeres rezando el Padre Nuestro… “Por la paz del mundo, ruega por nosotros… contra los hombres malos, ruega por nosotros; por la prosperidad de los pescadores; ruega por nosotros”, decían las mujeres. Alberto quiso correr y se le congelaron las piernas…

El miedo se apoderó del carpintero, que quería escapar del lugar, todas las casas tenían las ventanas cerradas… Alberto cuando vio el grupo de mujeres acercarse sintió que le iba a dar algo… ¡Mi madre, Dios mío ayúdame! más cuando una de ellas se acercó.

La señora dando pasos cortos, tenía el velo puesto, Alberto se puso nervioso cuando la mujer acercó… sus manos fueron al velo para descubrirlo… quería correr pero no pudo… la señora le dijo… “Mijo a que le teme… nosotras salimos a rezar… la gente en este pueblo dice que somos espantos, salimos a esta hora por una promesa; quédese tranquilo y vaya a su casa; venimos del otro lado del pueblo”.

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