¡Espeluznante! Lo que veas en Sorte déjalo en Sorte

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Sorte - Sorte
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Augusto venía en su taxi y cada vez que pasaba por la Montaña de Sorte se burlaba del lugar. “Aquí lo que hay son brujos mentirosos, puras mentiras de la gente”; decía mientras aceleraba su carro, cuando viajaba desde Barquisimeto a Puerto Cabello.

De hecho, les decía a los clientes que llevaba que ese lugar era una perdición y que allí era el centro de la mentira en Venezuela. Era 1983 y el hombre se jactaba de tener un Caprice Classic completamente nuevo.

“No crea en nada de eso, ese lugar es de mentiras y brujerías”, era la recomendación que les daba a los clientes. Le llamaba la atención todas las monedas que las personas lanzaba; y amenazaba ir con un imán y llevarse ese dinero.

Alguien le prestó un imán y se lo llevó al lugar, venía de dejar unos clientes en Puerto Cabello; como pudo Augusto llegó hasta el lugar y sacó el enorme imán. Se comenzó a burlar de la cantidad de monedas que consiguió entre la tierra.

“Puras mentiras, ya verán como con esto lo que voy es a comer y comprarme cassettes de música para el carro”, decía. Los demás conductores le llamaban la atención a que dejara la burla. “Lo que se consigue allí déjelo allí, te vas a llevar tu sorpresa”.

Sorte, un lugar lleno de sorpresas

Siguió con lo del imán y se sorprendía de ver personas a lo lejos los cuales desaparecían. Eran las dos de la tarde cuando vio personas desaparecer en el lugar. “Esto es un espejismo o qué, venía una gente y ahora desaparece”.

Le pareció escuchar un niño llorando en las cercanías de la montaña, el cual nunca encontraba. Era como si el llanto del bebé lo escuchaba en la parte trasera del carro. Se acostaba a dormir y escuchaba el llorar de un pequeño en su propia casa.

“Zape!!! Esto no me está gustando desde que me traje las monedas esas escucho a un niño llorar”; comentaba Augusto. Cuando se acercaba al lugar el carro empezaba a fallar; olía a quemado y el carro hasta bajaba la velocidad.

“Lo que encuentres allí déjalo allí”

Escuchaba un niño llorar en la casa y dentro de su carro, como el carro comenzaba a oler extraño de repente. “No sé qué es esto pero tengo desde hace tiempo escuchando a ese niño llorar”; decía Augusto.

Los dolores de cabeza eran incesantes en su vida, de hecho casi no dormía desde entonces. Uno de los conductores de la línea donde trabajaba le dijo que devolviera el dinero de nuevo a la montaña. “Vaya y lleve y devuelva eso, la creencia de esa montaña es fuerte”, le decían.

Pero Augusto encendió su Caprice Classic y se llevó gran parte de las monedas que tenía en el lugar. “Solo a ti se te ocurre traerte esas monedas para la casa, anda y echa eso allá”; desde que trajiste eso no aguanto la alegría en el cuerpo; le decía su esposa Tibisay.

Ya en el lugar prefirió acercarse al monte, mientras le llamaba la atención que colocaban piñas en el lugar. Los camioneros pagan promesas colocando una fruta a María Lionza; anteriormente se detenían a hacerlo, ahora las lanzan desde el camión.

La picada de una culebra

Augusto escuchaba el ruido del viento y de los carros que pasaban cerca, prefirió adentrarse al lugar; mientras veía que había más y más monedas. Con la bolsa de cuero llena de monedas no quería soltarlas de nuevo allí.

Pero cuando se disponía a pensar que hacía con el dinero sintió un pinchazo en su pierna izquierda. El dolor lo dejó casi inmovilizado en el lugar, una mapanare había picado a Augusto y se sentía ya desvanecido. Veía al animal el cual se marchaba luego del hecho.

No sintió más nada hasta que estaba en el Hospital de Yaracuy. ¿Qué es esto como llegué aquí?. Una enfermera le decía… “quédese quieto ya está fuera de peligro”. ¿Quién me trajo hasta aquí yo estaba en Sorte?… Preguntaba Augusto.

“Una mujer alta, trigueña y de cabello negro largo dijo que se lo encontró en el camino por Sorte y lo trajeron en su propio carro». ¿Usted no tiene un Caprice de taxi?… “Si yo tengo un Caprice”… Los doctores le dijeron que de no llegar la bella mujer de ojos claros y excelente figura estaría muerto.

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